Ezequiel

Fuera todo se siente en calma, apenas se oye ruido. La noche es oscura y parece iluminarse con las luces de colores que decoran las calles, ventanas y balcones. Sólo es un día más en el calendario, un año que está a punto de finalizar. Sentada en el balcón, estoy ensimismada en mis pensamientos hasta que oigo abrirse la puerta.

Un poco impuntuales como siempre. La mesa está preparada, la cena lista y nuestra familia en casa, aunque no estemos todos, falta alguien muy importante.  Es el primer año que pasamos todos juntos, esa primera cena que a todos nos pone nerviosos.

La noche transcurre entre anécdotas, charla y muchas risas. Tras marearnos con los especiales en la televisión y sin nada que nos atraiga lo suficiente, decido que es hora de jugar en familia; después de todo, que es una Noche Buena sin un pequeño “pique” para ver quién gana. 

A la mañana siguiente, sobre las nueve y media, ya estamos todos despiertos.  El olor a café embriaga toda la casa, las luces del árbol están encendidas y parece que este año Papá Noel ha sido demasiado generoso. Antes de ponernos a la ardua tarea de abrir los regalos, desayunamos todos juntos en la sala.

Hay regalos para todos, un vaso y plato con galletas vacío con una nota de agradecimiento incluida. Uno a uno, vamos abriendo los regalos mientras perdemos de vista el suelo rodeado de papel y lazos. De repente, nuestra sala, parece un escaparate de un centro comercial, lleno de ropa, libros, alhajas…

Casi escondidos, quedan dos pequeños paquetes en el pie del árbol, en uno de ellos no pone nombre, así que nos miramos tratando de averiguar a quien pertenece. Ante la indecisión, lo cojo y con mucho mimo le quito el papel que lo envuelve. Aparece una pequeña caja de madera, que me resulta familiar, quizá demasiado. Mis ojos se abren como los de una lechuza. Dentro de la caja hay una pequeña postal escrita a mano en la que pone: “¡Enhorabuena Princesa! No hay mejor regalo que el que tú me has hecho. Te quiero. Papá”.

Atónita saco la tarjeta y descubro que no es lo único que guarda la caja; dentro hay algo más. Me giro hacía mi pareja con la caja abierta, dejando al descubierto un chupete con un nombre grabado “Ezequiel”. Buscando sus ojos le digo: – Creo que no es necesario que abras tu último regalo, este es mucho mejor.

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